domingo, 30 de diciembre de 2012

artículo


Inmaculada de la Fuente
Lunes, 12 de marzo del 2012

Y, ¿QUÉ APORTARÍA MARÍA MOLINER AL DEBATE SOBRE EL SEXISMO?














El informe de Ignacio del Bosque y otros académicos de la RAE es clarificador en cuestiones gramaticales. Ese es su papel. Pero no ofrece soluciones al doble hecho de que el Diccionario de la RAE siga dando cobijo a acepciones  y ejemplos sobre la mujer anclados en el prejuicio y el anacronismo y que pervivan por tanto en el lenguaje (no solo coloquial sino también culto) vocablos que la discriminan. Vocablos que perviven aún n el lenguaje precisamente por estar avalados por el diccionario oficial. Un lenguaje que como todo organismo vivo cambia, se  transforma y se enriquece con el uso y el paso del tiempo, sin que esta puesta al día se refleje con la misma celeridad en el aspecto normativo.
 Si el informe ha desatado el debate no es tanto por lo que dice como por lo que calla. Y por lo que sugiere y hace evocar.
Obvia el infomre el tradicional papel de la RAE como institución que ha revisado y definido la lengua desde una visión reduccionista y exclusivamente masculina durante siglos; una visión inevitablemente sesgada y pretendidamente universal que englobaba —y se apropiaba— del pensar de las mismas mujeres que dejaba al margen. No en vano hasta 1978, entrada ya la democracia, la institución no permitió que ingresara en su seno ninguna mujer. Ciertamente, la RAE tiene competencia para decidir lo que es correcto y lo incorrecto. Lo propio de la RAE es la norma, y por tanto, no se puede negar su función pedagógica respecto a los excesos de unas Guías o de un lenguaje políticamente correcto que tal vez hayan pretendido subsanar de golpe desigualdades seculares. Un papel que la RAE tendría que haber asumido en vez de limitarse a criticarlo o incluso a ironizar sobre su polémico empeño o su escaso éxito.
.A estas alturas queda claro que nuestra lengua distingue entre sexo y género, y que desde un punto de vista puramente gramatical no existe problema en utilizar el plural masculino cuando se escribe de hombres y mujeres; como tampoco es un desdoro utilizar modista, futbolista o periodista para denominar indistintamente a hombres y mujeres que ejercen tal dedicación. Pero hay cuestiones de más calado que subyacen en esta corrección gramatical y que sin embargo, no se abordan.
    Para empezar, se hace más hincapié en la normativa que en el papel transformador de la lengua: pero al igual que la vida, la lengua cambia, los códigos se modifican y nada permanece inamovible, por lo que no tiene mucho sentido convertir la gramática en dogma y descartar que el estado de cosas actual pueda evolucionar en otra dirección.  Pero es que, además, es mucho lo que la RAE tiene que hacer aún para reducir el machismo residual de algunas de las voces del diccionario oficial y para equilibrar la presencia de la mujer en las diferentes entradas.
    El lenguaje es sexista, porque la sociedad es sexista, recuerda con acierto Pedro Álvarez de Miranda.  Pero también sucede al revés: la sociedad sigue siendo machista porque el lenguaje continúa siéndolo, porque el sustrato intelectual e ideológico que alimenta el machismo sigue vigente o no se cuestiona de raíz, en el léxico. Puede ser ingenuo corregir el lenguaje sin que cambie la sociedad. Pero esperar a que esto último ocurra siendo conscientes de que el lenguaje es sexista, puede ser también un ejercicio de cinismo. En los diccionarios clásicos y en concreto en el de la RAE, hay un poso ideológico que se ha construido siglo a siglo, definiciones dictadas desde la supremacía masculina en las que la mujer sale malparada o subordinada.
  El modelo del Diccionario de Uso del español (María Moliner)
¿Qué haría María Moliner si pudiera tener voz en este debate? No tiene sentido hablar en su nombre, pero su Diccionario, publicado entre 1966-1967, nos da algunas pistas. Resulta reconfortante comprobar cómo la autora, sin planteamientos feministas de por medio, pero dueña de una claridad mental privilegiada, es capaz de definir de nueva planta definiciones completamente anquilosadas. Así, mientras la RAE utiliza la voz coloquial marisabidilla como una crítica general hacia el sexo femenino, al definirla como 'mujer que presume de sabia', Moliner hila más fino y puntualiza: 'Mujer de poca cultura, pedante o redicha, que habla con presunción'. No lo atribuye a cualquier mujer, sino a algunas. Lo mismo sucede con la definición que hace el DRAE de la voz coloquial hazana: 'faena casera habitual y propia de la mujer', y que Moliner, como recordó Pilar García Mouton el 16 de enero durante un homenaje a la lexicógrafa celebrado en Madrid, redactó así: 'faena. Trabajo casero'. Simplemente eso,  ni propio de la mujer ni del hombre. Trabajo casero, sin más.
     Naturalmente, todo eso en los años sesenta del pasado siglo. De haber entrado Moliner en la RAE en 1972, mucho y bueno habría aportado a la institución. La excusa de que en 1972 se necesitaba más un gramático que un lexicógrafo fue puramente retórica, porque aunque Emilio Alarcos Llorach (el elegido) fuera un buen candidato, Moliner también lo era. Josefina Carabias, en su columna del Ya, vio claro el núcleo del problema en las fechas previas a la votación: cuando la RAE rechaza o acepta a un escritor o a un intelectual, poco se puede decir, porque son muchos los autores de mérito que no llegan a la institución, observó la columnista. Pero cuando se trata de especialistas (lingüistas, lexicógrafos, etcétera) el rechazo es más delicado. Los académicos que decidieron enfrentar a Alarcos y a Moliner en la misma votación (la primera de la historia en la que aceptaban una candidata) tenían claro que no querían que entrara la lexicógrafa. A pesar de que Dámaso Alonso había confesado que él hubiera querido hacer lo que había hecho Moliner: revisar el Diccionario (algo que hubiera tenido que hacer y no había hecho la RAE). Una hazaña individual en una época en la que las mujeres no definían palabras ni podían revisar prácticamente nada. Ni siquiera una persona tan serena y tan poco apegada a los honores como la autora del DUE entendió que no la quisieran en la Corporación tras tantos años dedicados a la investigación filolófica: «Desde luego es una cosa indicada que un filósofo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: "¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!"». Con razón rechazó intentarlo por segunda vez. Pero lo cierto es que quien quiera conocer el español que se hablaba en la segunda mitad del siglo XX tendrá que consultar el Moliner y no necesariamente el DRAE.
       Por destacable que sea la labor emprendida por la Real Academia en los últimos años para equilibrar la presencia de voces referidas a las mujeres en el DRAE y eliminar acepciones obsoletas u ofensivas, queda mucho por hacer. En De mujeres y diccionarios. Evolución de lo femenino en la 22ª edición del DRAE, una publicación del Instituto de la Mujer, tres especialistas (Eulàlia Lledó; Mª Ángeles Calero y Esther Forgas) rastrean las entradas relacionadas con la mujer y analizan las modificaciones, supresiones y nuevas aportaciones introducidas en la edición del DRAE de 2001 respecto a la de 1992.  Las autoras recogen que se han suprimido 174 acepciones referidas a mujeres que en la edición de 2001 han sido sustituidas o bien por personas, por alguien o por un masculino que engloba a hombres o mujeres. Muchos de estos cambios se han producido al definir oficios que en el pasado se atribuía solo a mujeres o a hombres. De modo que mercadera que en la edición de 1992 se definía como 'mujer que tiene tienda de comercio', en la de 2001 pasaba a ser 'persona que trata o comercia con géneros vendibles'. La expresión coloquial andar/estar o ir de pingo, que se definía en 1992 como 'andar una mujer de visitas y paseos en vez de estar dedicada al recogimiento y a las labores de su casa', en 2001 se redefine como 'pasar mucho tiempo fuera de casa para divertirse y sin hacer nada de provecho'. En el caso de pimpollo se ha optado por redactarlo en masculino: 'Niño o joven que se distingue por su belleza, gallardía o donosura', mientras que en la de 1992 se detallaba: 'Niño o niña, y también el joven y la joven que se distingue por su belleza, gallardía y donosura'.
No obstante, la tendencia a englobar en el masculino a hombres y mujeres plantea, pese a su corrección, dificultades obvias en determinadas voces. Por ejemplo, escritorio se define en una de sus acepciones como 'aposento donde tienen su despacho los hombres de negocios; como los banqueros, los notarios, los comerciantes, etcétera', lo que implica un acto de fe e imaginación por parte del lector para incluir a las mujeres entre esos comerciantes y banqueros. Con todo, el principal problema de las últimas modificaciones es su incoherencia: se eliminan voces vejatorias o anacrónicas, pero se introducen palabras y acepciones nuevas referidas a la ropa o a la apariencia física e igualmente sexistas. Y se mantienen viejos tópicos sobre lo femenino (débil, endeble) y lo varonil (esforzado, valeroso, firme). Anacronismos que se perpetúan en expresiones como ser mucha mujer: 'ser admirables por su rectitud de carácter, por la integridad moral o por sus habilidades' o ser mucho hombre: 'ser persona de gran talento e instrucción o de gran habilidad'; al igual que ser toda una mujer: 'tener valor, firmeza y fuerza moral' yser todo un hombre: 'tener destacadas cualidades varoniles, como el valor, la firmeza y la fuerza'.
Un mundo de palabras que requiere un esfuerzo de precisión y de coherencia.  Más que destacar lo que no sirve, deberían dedicar su empeño a abordar de una vez todo lo que falta.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Obsolescencia programada


Miércoles, 07 de Noviembre de 2012 16:52
Alberto Lambea
  • Introducir en el mercado deliberadamente aparatos principalmente eléctricos y electrónicos 
  • con fallos de batería, en piezas, etc. fue una solución habitual en tiempos de crisis para 
  • que la gente comprara otros nuevos y generar crecimiento y puestos de trabajo.
  • La sobreproducción, lejos de  beneficiar a la economía, escupe montones y montones 
  • de chatarra electrónica que se acumulan en basureros en el Tercer Mundo.
  • Otros productos han caído en la red de la obsolescencia programada: los ingenieros 
  • que fabricaban medias de nailon en los años 40 tuvieron que empezar desde cero para 
  • crear otras más frágiles, las actuales, viendo que su negocio acabaría pronto si no seguían 
  • vendiendo.

Dos niños rompen monitores CRT para extraer el metal de su interior, en el vertedero 
de Agbogbloshie (Ghana) / Andrew MCCONNELL
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Adolphe Chaillet creó en 1985 en Shelby (Ohio) un filamento para que sus bombillas 
duraran el mayor tiempo posible. La única prueba de que hizo bien su trabajo es una 
de esas bombillas, que sigue luciendo en un parque de bomberos en Livermore 
(California) un siglo después de su fabricación. Con el rimbombante nombre de 
El Comité de la Bombilla, esta organización ha colocado una webcam para que cualquier visitante pueda verla a través de la página web www.centennialbulb.org. La duración de ésta alcanza ya los 111 años.
Casey Neistat se dio cuenta en 2003 de que la batería del reproductor de música iPod que 
se había comprado unos 8 meses antes no duraba más de una hora. Llamó al servicio 
écnico de Apple y ante la pregunta de si la empresa creada por Steve Jobs ofrecía un 
servicio de sustitución de la batería, la respuesta fue negativa. Le aconsejaron comprar 
un nuevo iPod.
La contextualización y el análisis de estos dos casos son el primer paso para comprender 
la implantación por parte de las empresas en la sociedad de consumo de la llamada
obsolescencia programada.
En un sistema capitalista y una sociedad de consumo como la actual, el crecimiento 
económico lo es todo. Sin embargo, existen corrientes de pensamiento que no ven 
el crecimiento como la solución, sino como verdaderamente la raíz del problema. 
El economista francés Serge Latouche, defensor del decrecimiento, asegura que 
el crecimiento infinito no es compatible con un planeta finito y se lamenta de 
que si todos los ciudadanos del mundo consumieran como los norteamericanos 
o los europeos medios, los límites físicos del planeta se habrían sobrepasado 
ampliamente, no habría espacio para tantos deshechos. En su libro La apuesta por el 
decrecimiento ¿Cómo salir del imaginario dominante? destaca tres elementos 
cómplices de este sistema insostenible: la publicidad, el crédito y la obsolescencia 
programada.
El cártel Phoebus, origen de la obsolescencia programada
Si se puede afirmar que las bombillas fueron el primer producto víctima de la 
obsolescencia programada, la compañía Phoebus S.A fue el grupo de empresas 
pionero en aplicarla. En 1924, los principales fabricantes de bombillas, por aquel 
entonces Osram, Philips y General Electric entre otros, se sentaron a negociar en 
Ginebra para controlar la producción, intercambiar patentes y llegar a un acuerdo 
con el fin de acortar el tiempo de vida de las bombillas, que rondaba las 2.500 horas. 
1.000 horas pareció un número razonable para garantizar su vida útil, de tal forma 
que se prohibió garantizar una duración por encima de ese periodo de tiempo. 
Incluso hoy se guardan documentos en los que aparecen las multas que las 
propias empresas se habían impuesto si la duración se superaba. Por supuesto, 
cuanto más duraran, más se penalizaba.
General Electric y otras empresas, fueron demandadas por el gobierno americano 
por competencia desleal, por fijar precios y por acortar la vida de sus productos, en 
una sentencia que no se dictó hasta 1953, casi 30 años después del inicio de sus 
malas prácticas. En la práctica, la sentencia tuvo poco éxito y las empresas siguieron
 fabricando las bombillas con duración garantizada de 1.000 horas.
A lo largo del siglo XX, los más radicales defensores de la obsolescencia programada, 
incluso plantearon obligar a los consumidores a renovar sus productos y comprar otros 
nuevos, como medida para volver a crecer económicamente tras el crack de 1929. 
Este fue el caso de Bernard London, un inversor del sector inmobiliario. En el artículo 
titulado Ending the Depression Through Planned Obsolescence así lo afirma y reconoce
 lo siguiente: “Por supuesto, la inauguración de tal sistema de obsolescencia programada
 tendrá detractores por el simple hecho de ser nueva, por eso yo apoyo con fuerza que 
abandonemos nuestras viejas nociones y nos ajustemos a una nueva forma de pensar”.
Cartel de anuncio de una bombilla de marca española, Z, en 1924. 
Aún se anunciaban 2.500 horas de vida útil.  / LÁMPARAS Z
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Aunque esta idea nunca tuvo éxito, la obsolescencia programada sufrió una mutación

manteniendo su idea original. En la América de los años 50, no se pretendía

obligar a la sociedad a renovar sus productos, sino que se efectuaron cambios

estéticos en éstos para que voluntariamente el consumidor quisiera seguir comprando.

Naturalmente, esta estrategia de los fabricantes sigue vigente y se mencionó hace

apenas tres años en la publicación británica The Economist: “Como la vida útil de

los coches ha aumentado, los fabricantes se han concentrado en acortar su ‘vida

estética’. Añadiendo cambios estéticos a los vehículos, han intentado sutilmente

que los modelos parezcan anticuados, persuadiendo a los consumidores para que

los sustituyan por otros nuevos”. Los coches y los relojes son un buen ejemplo

de obsolescencia programada que se destaca en el artículo: “Por supuesto, esta

estrategia no es adecuada para el mercado de coches de lujo. Marcas como

Rolls-Royce promueven la idea de que algún día esos coches (como coches

de época) costarán más de lo que se pagó por ellos inicialmente. Patek Philippe

anuncia que sus relojes son algo que su dueño podrá conservar para la siguiente

generación”. El artículo cierra anunciando que al mismo tiempo que la vida útil

de los bienes se acorta, los consumidores anhelan bienes que duren más.

El nailon, Apple y los vertederos electrónicos

La empresa de químicos DuPont comercializó en 1940 unas medias con un nuevo

material, el nailon. Tal y como recoge el documental ‘Comprar, Tirar, Comprar’,

uno de los documentos audiovisuales más completos sobre la obsolescencia

programada, se produjeron grandes colas para comprar las nuevas medias.
se dieron cuenta de que venderían poco. De ahí que los ingenieros, por orden
de sus superiores, tuvieran que fabricar nuevas medias menos resistentes,
modificando los aditivos que protegían el nailon del sol y del oxígeno. Poco a poco,
las medias comenzaron a ser más endebles.


Las mujeres estaban contentas porque no se hacían carreras pero los fabricantes



En los últimos años, el ejemplo más sonado de obsolescencia programada
esponsable fue la empresa Apple del fallecido Steve Jobs, venerado hasta el extremo
y cuyos productos dominan el mercado de los ordenadores, móviles y reproductores
de música. El iPod, que logró en 2005 un 70% de cuota de mercado en reproductores
y había alcanzado los 22 millones de unidades vendidas en todo el mundo, tenía errores
de fábrica en buena parte de sus unidades. Los hermanos Neistat, artistas del mundo
del cine que ahora realizan un show televisivo en el canal de pago HBO, grabaron un
corto-denuncia cuando a los 8 meses de comprar un iPod su batería apenas duraba
60 minutos. A raíz de los millones de visitas que recibieron en su web, el caso se llevó
a juicio. A Apple no debió gustarle la idea de que se anunciara que la batería estaba
soldada físicamente al reproductor y no podía sustituirse, y finalmente la marca de la
manzana ofreció un servicio postventa, una garantía de 2 años y la posibilidad de sustituir
las baterías defectuosas. Aquí, en España, el Real Decreto 1/2007 establece en varios


de sus artículos que el periodo de garantía de productos eléctricos y electrónicos no
puede ser inferior a 2 años.


r



La multinacional americana es sólo una de las miles de empresas que contribuyen
poco a poco a la destrucción del planeta y al agotamiento de sus recursos. En palabras
del defensor del decrecimiento, Serge Latouche, “quien crea que el crecimiento infinito
es compatible con un planeta finito, o es un loco o un economista”.


Evidentemente, el crecimiento exponencial de la electrónica y la sociedad de la información

está provocando que los residuos aumenten a la misma velocidad que se desarrolla

nueva tecnología. Como en muchos otros casos, quienes más sufren estas

consecuencias son los países del Tercer Mundo, especialmente algunos como

Costa de Marfil, Nigeria o Ghana. Allí van a parar ordenadores, teléfonos

móviles y otros bienes electrónicos estropeados en un alto porcentaje y obsoletos

en otro. Con la excusa de enviar productos de segunda mano, África se ha convertido

en un auténtico vertedero de deshechos eléctricos y electrónicos. Aunque la Unión Europea,

a través de la Directiva 2012/19/UE sobre residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE),

prohíba expresamente la llegada de deshechos a países en vías de desarrollo, el vertedero

de Agbogbloshie (Ghana) demuestra que queda mucho por hacer. Allí los jóvenes recogen

la chatarra y queman los deshechos para extraer el metal. Además, los pequeños comercios

basan su negocio en arreglar muchos de los productos aún útiles para revenderlos.
Un joven ghanés quema residuos en un vertedero electrónico / NATIONAL GEOGRAPHIC

‘Recibí amenazas de muerte por crear bombillas para toda la vida’
El español Benito Muros es dueño de OEP Electrics, una empresa que, bajo el 
denominado movimiento SOP (Sin Obsolescencia Programada) ha lanzado al mercado
 bombillas equivalentes a las de 60 vatios, que consumen sólo 6. Además de reducir un
 90% el consumo, su duración puede alcanzar los 80 años. Con una garantía de 25 años
 y un precio de 37 euros en venta online, Muros quiere presionar a las grandes empresas 
para que fabriquen productos de mayor calidad y se ponga fin al límite de vida útil de
 1.000 horas. Asegura, en una entrevista para El Economista, que, a día de hoy, el 
consumo se basa en productos con fecha de caducidad y se lamenta de las amenazas 
que supuestamente ha recibido: “Señor Muros, usted no puede poner en el mercado sus
 sistemas de iluminación. Usted y su familia serán aniquilados”.
Desde una perspectiva mundial, otras iniciativas han surgido para tomar consciencia de 
la necesidad de mantener un planeta sostenible y luchar contra las grandes multinacionales.
 Proyecto Venus o The Zeitgeist Movement son dos organizaciones en contra de políticas 
que no tienen en cuenta la racionalización de los recursos. Analizan los cambios 
demográficos, los avances tecnológicos o las condiciones medioambientales para efectuar
 una proyección de lo que podría suceder en el futuro.
¿Hasta cuándo y hasta dónde llegará la sociedad de consumo?
Una de las conclusiones a las que llega el documental ‘Comprar, Tirar, Comprar’ de 
Cosima Danoritzer anteriormente citado, y que, dicho sea de paso, cuenta con 
que va creciendo alimentada por la sociedad de consumo habría que valorar el 
coste real de los productos. Si se tuviera en cuenta, por ejemplo, el transporte, las 
etc. el coste de los bienes sería mucho mayor y dejaría de ser rentable para las empresas 
fabricar algo que no tuviera la máxima calidad, durabilidad y sostenibilidad posible para 
el medio ambiente.
David Trillo, profesor y Doctor en Economía en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, 

poco probable en la actualidad un sistema distinto al capitalismo. En los 80, asegura, las 
entidades financieras estaban muy controladas y los productos que las empresas ponían
 en el mercado pasaban rigurosos controles de calidad, haciendo referencia a la obsolescencia 
programada. “Tanto la primera como la segunda característica no se cumplen ahora mismo”. 
Al ser preguntado por el nivel de complicidad que la obsolescencia programada provoca 
en los consumidores, contentos a veces de poder renovar sus productos por el mero hecho 
de consumir algo nuevo, asegura que en  el contexto actual de crisis, esto sucede 
escasamente. “Cómplices son aquellos que pueden permitírselo, pero en lugares como Cuba, 
por ejemplo, el efecto es inverso. Cuando algo se rompe, no importa el tiempo que tengan 
que invertir en arreglarlo, utilizan el ingenio para ello”.