miércoles, 21 de noviembre de 2012

Obsolescencia programada


Miércoles, 07 de Noviembre de 2012 16:52
Alberto Lambea
  • Introducir en el mercado deliberadamente aparatos principalmente eléctricos y electrónicos 
  • con fallos de batería, en piezas, etc. fue una solución habitual en tiempos de crisis para 
  • que la gente comprara otros nuevos y generar crecimiento y puestos de trabajo.
  • La sobreproducción, lejos de  beneficiar a la economía, escupe montones y montones 
  • de chatarra electrónica que se acumulan en basureros en el Tercer Mundo.
  • Otros productos han caído en la red de la obsolescencia programada: los ingenieros 
  • que fabricaban medias de nailon en los años 40 tuvieron que empezar desde cero para 
  • crear otras más frágiles, las actuales, viendo que su negocio acabaría pronto si no seguían 
  • vendiendo.

Dos niños rompen monitores CRT para extraer el metal de su interior, en el vertedero 
de Agbogbloshie (Ghana) / Andrew MCCONNELL
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Adolphe Chaillet creó en 1985 en Shelby (Ohio) un filamento para que sus bombillas 
duraran el mayor tiempo posible. La única prueba de que hizo bien su trabajo es una 
de esas bombillas, que sigue luciendo en un parque de bomberos en Livermore 
(California) un siglo después de su fabricación. Con el rimbombante nombre de 
El Comité de la Bombilla, esta organización ha colocado una webcam para que cualquier visitante pueda verla a través de la página web www.centennialbulb.org. La duración de ésta alcanza ya los 111 años.
Casey Neistat se dio cuenta en 2003 de que la batería del reproductor de música iPod que 
se había comprado unos 8 meses antes no duraba más de una hora. Llamó al servicio 
écnico de Apple y ante la pregunta de si la empresa creada por Steve Jobs ofrecía un 
servicio de sustitución de la batería, la respuesta fue negativa. Le aconsejaron comprar 
un nuevo iPod.
La contextualización y el análisis de estos dos casos son el primer paso para comprender 
la implantación por parte de las empresas en la sociedad de consumo de la llamada
obsolescencia programada.
En un sistema capitalista y una sociedad de consumo como la actual, el crecimiento 
económico lo es todo. Sin embargo, existen corrientes de pensamiento que no ven 
el crecimiento como la solución, sino como verdaderamente la raíz del problema. 
El economista francés Serge Latouche, defensor del decrecimiento, asegura que 
el crecimiento infinito no es compatible con un planeta finito y se lamenta de 
que si todos los ciudadanos del mundo consumieran como los norteamericanos 
o los europeos medios, los límites físicos del planeta se habrían sobrepasado 
ampliamente, no habría espacio para tantos deshechos. En su libro La apuesta por el 
decrecimiento ¿Cómo salir del imaginario dominante? destaca tres elementos 
cómplices de este sistema insostenible: la publicidad, el crédito y la obsolescencia 
programada.
El cártel Phoebus, origen de la obsolescencia programada
Si se puede afirmar que las bombillas fueron el primer producto víctima de la 
obsolescencia programada, la compañía Phoebus S.A fue el grupo de empresas 
pionero en aplicarla. En 1924, los principales fabricantes de bombillas, por aquel 
entonces Osram, Philips y General Electric entre otros, se sentaron a negociar en 
Ginebra para controlar la producción, intercambiar patentes y llegar a un acuerdo 
con el fin de acortar el tiempo de vida de las bombillas, que rondaba las 2.500 horas. 
1.000 horas pareció un número razonable para garantizar su vida útil, de tal forma 
que se prohibió garantizar una duración por encima de ese periodo de tiempo. 
Incluso hoy se guardan documentos en los que aparecen las multas que las 
propias empresas se habían impuesto si la duración se superaba. Por supuesto, 
cuanto más duraran, más se penalizaba.
General Electric y otras empresas, fueron demandadas por el gobierno americano 
por competencia desleal, por fijar precios y por acortar la vida de sus productos, en 
una sentencia que no se dictó hasta 1953, casi 30 años después del inicio de sus 
malas prácticas. En la práctica, la sentencia tuvo poco éxito y las empresas siguieron
 fabricando las bombillas con duración garantizada de 1.000 horas.
A lo largo del siglo XX, los más radicales defensores de la obsolescencia programada, 
incluso plantearon obligar a los consumidores a renovar sus productos y comprar otros 
nuevos, como medida para volver a crecer económicamente tras el crack de 1929. 
Este fue el caso de Bernard London, un inversor del sector inmobiliario. En el artículo 
titulado Ending the Depression Through Planned Obsolescence así lo afirma y reconoce
 lo siguiente: “Por supuesto, la inauguración de tal sistema de obsolescencia programada
 tendrá detractores por el simple hecho de ser nueva, por eso yo apoyo con fuerza que 
abandonemos nuestras viejas nociones y nos ajustemos a una nueva forma de pensar”.
Cartel de anuncio de una bombilla de marca española, Z, en 1924. 
Aún se anunciaban 2.500 horas de vida útil.  / LÁMPARAS Z
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Aunque esta idea nunca tuvo éxito, la obsolescencia programada sufrió una mutación

manteniendo su idea original. En la América de los años 50, no se pretendía

obligar a la sociedad a renovar sus productos, sino que se efectuaron cambios

estéticos en éstos para que voluntariamente el consumidor quisiera seguir comprando.

Naturalmente, esta estrategia de los fabricantes sigue vigente y se mencionó hace

apenas tres años en la publicación británica The Economist: “Como la vida útil de

los coches ha aumentado, los fabricantes se han concentrado en acortar su ‘vida

estética’. Añadiendo cambios estéticos a los vehículos, han intentado sutilmente

que los modelos parezcan anticuados, persuadiendo a los consumidores para que

los sustituyan por otros nuevos”. Los coches y los relojes son un buen ejemplo

de obsolescencia programada que se destaca en el artículo: “Por supuesto, esta

estrategia no es adecuada para el mercado de coches de lujo. Marcas como

Rolls-Royce promueven la idea de que algún día esos coches (como coches

de época) costarán más de lo que se pagó por ellos inicialmente. Patek Philippe

anuncia que sus relojes son algo que su dueño podrá conservar para la siguiente

generación”. El artículo cierra anunciando que al mismo tiempo que la vida útil

de los bienes se acorta, los consumidores anhelan bienes que duren más.

El nailon, Apple y los vertederos electrónicos

La empresa de químicos DuPont comercializó en 1940 unas medias con un nuevo

material, el nailon. Tal y como recoge el documental ‘Comprar, Tirar, Comprar’,

uno de los documentos audiovisuales más completos sobre la obsolescencia

programada, se produjeron grandes colas para comprar las nuevas medias.
se dieron cuenta de que venderían poco. De ahí que los ingenieros, por orden
de sus superiores, tuvieran que fabricar nuevas medias menos resistentes,
modificando los aditivos que protegían el nailon del sol y del oxígeno. Poco a poco,
las medias comenzaron a ser más endebles.


Las mujeres estaban contentas porque no se hacían carreras pero los fabricantes



En los últimos años, el ejemplo más sonado de obsolescencia programada
esponsable fue la empresa Apple del fallecido Steve Jobs, venerado hasta el extremo
y cuyos productos dominan el mercado de los ordenadores, móviles y reproductores
de música. El iPod, que logró en 2005 un 70% de cuota de mercado en reproductores
y había alcanzado los 22 millones de unidades vendidas en todo el mundo, tenía errores
de fábrica en buena parte de sus unidades. Los hermanos Neistat, artistas del mundo
del cine que ahora realizan un show televisivo en el canal de pago HBO, grabaron un
corto-denuncia cuando a los 8 meses de comprar un iPod su batería apenas duraba
60 minutos. A raíz de los millones de visitas que recibieron en su web, el caso se llevó
a juicio. A Apple no debió gustarle la idea de que se anunciara que la batería estaba
soldada físicamente al reproductor y no podía sustituirse, y finalmente la marca de la
manzana ofreció un servicio postventa, una garantía de 2 años y la posibilidad de sustituir
las baterías defectuosas. Aquí, en España, el Real Decreto 1/2007 establece en varios


de sus artículos que el periodo de garantía de productos eléctricos y electrónicos no
puede ser inferior a 2 años.


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La multinacional americana es sólo una de las miles de empresas que contribuyen
poco a poco a la destrucción del planeta y al agotamiento de sus recursos. En palabras
del defensor del decrecimiento, Serge Latouche, “quien crea que el crecimiento infinito
es compatible con un planeta finito, o es un loco o un economista”.


Evidentemente, el crecimiento exponencial de la electrónica y la sociedad de la información

está provocando que los residuos aumenten a la misma velocidad que se desarrolla

nueva tecnología. Como en muchos otros casos, quienes más sufren estas

consecuencias son los países del Tercer Mundo, especialmente algunos como

Costa de Marfil, Nigeria o Ghana. Allí van a parar ordenadores, teléfonos

móviles y otros bienes electrónicos estropeados en un alto porcentaje y obsoletos

en otro. Con la excusa de enviar productos de segunda mano, África se ha convertido

en un auténtico vertedero de deshechos eléctricos y electrónicos. Aunque la Unión Europea,

a través de la Directiva 2012/19/UE sobre residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE),

prohíba expresamente la llegada de deshechos a países en vías de desarrollo, el vertedero

de Agbogbloshie (Ghana) demuestra que queda mucho por hacer. Allí los jóvenes recogen

la chatarra y queman los deshechos para extraer el metal. Además, los pequeños comercios

basan su negocio en arreglar muchos de los productos aún útiles para revenderlos.
Un joven ghanés quema residuos en un vertedero electrónico / NATIONAL GEOGRAPHIC

‘Recibí amenazas de muerte por crear bombillas para toda la vida’
El español Benito Muros es dueño de OEP Electrics, una empresa que, bajo el 
denominado movimiento SOP (Sin Obsolescencia Programada) ha lanzado al mercado
 bombillas equivalentes a las de 60 vatios, que consumen sólo 6. Además de reducir un
 90% el consumo, su duración puede alcanzar los 80 años. Con una garantía de 25 años
 y un precio de 37 euros en venta online, Muros quiere presionar a las grandes empresas 
para que fabriquen productos de mayor calidad y se ponga fin al límite de vida útil de
 1.000 horas. Asegura, en una entrevista para El Economista, que, a día de hoy, el 
consumo se basa en productos con fecha de caducidad y se lamenta de las amenazas 
que supuestamente ha recibido: “Señor Muros, usted no puede poner en el mercado sus
 sistemas de iluminación. Usted y su familia serán aniquilados”.
Desde una perspectiva mundial, otras iniciativas han surgido para tomar consciencia de 
la necesidad de mantener un planeta sostenible y luchar contra las grandes multinacionales.
 Proyecto Venus o The Zeitgeist Movement son dos organizaciones en contra de políticas 
que no tienen en cuenta la racionalización de los recursos. Analizan los cambios 
demográficos, los avances tecnológicos o las condiciones medioambientales para efectuar
 una proyección de lo que podría suceder en el futuro.
¿Hasta cuándo y hasta dónde llegará la sociedad de consumo?
Una de las conclusiones a las que llega el documental ‘Comprar, Tirar, Comprar’ de 
Cosima Danoritzer anteriormente citado, y que, dicho sea de paso, cuenta con 
que va creciendo alimentada por la sociedad de consumo habría que valorar el 
coste real de los productos. Si se tuviera en cuenta, por ejemplo, el transporte, las 
etc. el coste de los bienes sería mucho mayor y dejaría de ser rentable para las empresas 
fabricar algo que no tuviera la máxima calidad, durabilidad y sostenibilidad posible para 
el medio ambiente.
David Trillo, profesor y Doctor en Economía en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, 

poco probable en la actualidad un sistema distinto al capitalismo. En los 80, asegura, las 
entidades financieras estaban muy controladas y los productos que las empresas ponían
 en el mercado pasaban rigurosos controles de calidad, haciendo referencia a la obsolescencia 
programada. “Tanto la primera como la segunda característica no se cumplen ahora mismo”. 
Al ser preguntado por el nivel de complicidad que la obsolescencia programada provoca 
en los consumidores, contentos a veces de poder renovar sus productos por el mero hecho 
de consumir algo nuevo, asegura que en  el contexto actual de crisis, esto sucede 
escasamente. “Cómplices son aquellos que pueden permitírselo, pero en lugares como Cuba, 
por ejemplo, el efecto es inverso. Cuando algo se rompe, no importa el tiempo que tengan 
que invertir en arreglarlo, utilizan el ingenio para ello”.

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