lunes, 7 de marzo de 2011
Austeridad y accesorios superfluos
Un día un hombre se rompió la pierna. Tuvo que andar con una muleta. Aquella muleta le era muy útil, tanto para andar como para otros fines. Enseñó a toda su familia a usar muletas, y estas se convirtieron en parte de la vida normal. Todo el mundo ambicionaba tener una muleta. Algunas estaban hechas de marfil, otras tenían adornos de oro. Se abrieron escuelas para enseñar su uso y se instituyeron cátedras para tratar los aspectos más elevados de esta ciencia. Unas cuantas personas, muy pocas empezaron a caminar sin muletas. Se consideró escandaloso, absurdo. Además las muletas servían para tantas cosas... Algunas de aquellas replicaron, y fueron castigadas. Intentaron demostrar que las muletas podían usarse en caso de necesidad, o que muchos de usos podían ser sustituidos. Muy pocos les escucharon. Con objeto de vencer los prejuicios, algunas de las personas que podían andar sin ayuda empezaron a comportarse de un modo totalmente distinto de la sociedad establecida. Aún así su número no aumentó.
Cuando se descubrió que, debido al uso de muletas durante tantas generaciones, muy poca gente podía andar sin ellas, la mayoría “probó” que eran necesarias.
- Mirad -dijeron-, aquí tenéis a un hombre. Tratad de hacerle andar sin muletas ¿Lo veis? No puede.
- Pero nosotros bien andamos sin muletas -le recordaron las personas normales.
- No es cierto; se trata de un engaño vuestro -replicaron los lisiados; porque para entonces también se estaban volviendo ciegos; ciegos porque no podían ver.